El valor de decirlo
es el importante artículo de denuncia y análisis de la tortura a las vascas y los vascos que la escritora Eva Forest publicó en GARA el 5 de abril de 2002. Eva Forest ha acumulado en su vida una larga y fecunda tarea de denuncia de la infamia de la tortura y de atención profesional y política a los torturados.
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Gaurkoa
Eva Forest -
Escritora
El valor de
decirlo
Hay libros que por su importancia
deberían estar en todas las bibliotecas, en la mesilla de noche de
todas las camas, en el bolsillo siempre de los lectores para
hacerlos circular, de mano en mano. Libros preciosos, que nos hablan
de acontecimientos excepcionales, de hechos gravísimos que se nos
ocultan. Libros clave, que nos proporcionan información nueva y
nos mantienen con vida, porque no conocer lo que ocurre a nuestro
alrededor es una manera de morir por ignorancia. Uno de estos libros
acaba de publicarse y trata de la tortura. No de la tortura en
abstracto, ni de la tortura en concreto pero en lejanos países, sino
de la tortura aquí y ahora, en Euskal Herria y en estos tiempos de
democracia, donde en teoría se nos argumenta siempre que estas
aberraciones no existen. Lo ha publicado el TAT (Torturaren Aurkako
Taldea) y corresponde al informe del año 2001. En él se recogen 68
testimonios de tortura y, como todos los informes que publica
anualmente este organismo, es una documentación valiosísima para ir
escribiendo la otra historia, un cúmulo de datos imprescindibles
para el estudioso que pretenda investigar lo que está ocurriendo en
este país en el que los grandes problemas políticos se tratan de
acallar con múltiples formas de represión, en este caso la tortura.
Hablar de tortura resulta un poco fuerte en esta sociedad apocada y
temerosa que prefiere mirar de soslayo la realidad. Es un término
explosivo que asusta. Quienes saben que se practica prefieren aludir
a ella dando rodeos, incluso quienes tienen voluntad de denuncia lo
hacen con timidez, utilizando eufemismos, como «malos tratos», «no
se respetan los derechos humanos», expresiones vagas que confunden y
llenan de insatisfacción. Cada vez hay más miedo a mentar las cosas
por su nombre y la tortura es uno de los grandes tabús. Y, en parte,
no les falta razón para ser comedidos: denunciar torturas le
convierte a uno en un sospechoso «terrorista» contra el que las
fuerzas del Orden se apresurarán a querellarse. La tortura se
produce por lo general en un lugar aislado, sin testigos, y es muy
difícil de demostrar. Llegado el momento de aclarar lo ocurrido, es
la palabra de la víctima frente a la del torturador, y cuando la
tortura forma parte del aparato, el funcionario estará respaldado y
tendrá siempre la razón de su parte. Así que demostrar la tortura y
tener pruebas no es nada fácil, aunque se consigue a veces. Hace
pocos días hemos visto en la prensa el rostro tumefacto de una
persona que difícilmente se hubiera podido identificar con el del
joven al que correspondía. Y los testimonios del libro del TAT son
una muestra de ello. De todas maneras, aun siendo casos tan
flagrantes, no es fácil llevar adelante la denuncia, y hasta es
muy peligroso, porque la Administración siempre se defenderá
diciendo que no es cierto, que es una invención, una consigna de una
organización y lo más seguro es que se querelle con el torturado por
calumnia o por injurias. En ese terreno de la falta de testigos y
las dificultades para que la denuncia progrese, hay un punto clave
que es el juez. El juez no estaba allí dentro, en la cámara del
horror, pero él es la primera persona que recibe a la víctima cuando
sale de allí; y él tiene la evidencia inmediata de las huellas que
trae el que regresa del infierno. Huellas físicas, o del trastorno
mental, o de la inquietante desorientación, o del miedo. A veces ha
tenido incluso que ir al hospital a tomar declaración a la víctima.
Él podría intervenir de una manera positiva y darle un giro a la
emponzoñada situación. Él debería de dejar constancia de lo que ve,
o de lo que presiente y, sobre todo, preguntar. Pero el juez, salvo
contadas y muy honrosas excepciones, no se interesa demasiado por el
asunto, apenas si mira, y si mira no ve, o no quiere ver, o hasta
puede que actúe como engranaje del sistema y le diga al que relata
las torturas, como ha ocurrido recientemente, «lo que usted me
cuenta no me lo creo». Vaya este dato por delante: la gran
responsabilidad de los jueces en la permanencia de la tortura y su
complicidad en ella cuando no la denuncian. De ahí, una vez más, el
gran elogio del TAT que, pese a las numerosas dificultades, ha
seguido insistiendo con tenaz persistencia en sus investigaciones y
aportando, año tras año, datos muy valiosos para la información y la
lucha contra esa lacra de la humanidad. Es un libro riguroso, lleno
de datos, que debería de servir de base para seminarios, para
debates públicos, para incrementar nuevas investigaciones, para
estimular la lucha contra la tortura, un fenómeno de nuestro tiempo
mucho más complejo de lo que parece. Porque lo más grave de la
tortura no son las múltiples agresiones que recibe la persona
torturada a la que tratan de destruir con los electrodos, la bañera,
los golpes y las amenazas, sino la destrucción lenta, insidiosa e
invisible que se va produciendo en quienes están fuera y la
consienten. La tortura, como tantos aspectos de la vida en esta
sociedad, es un fenómeno global que nos afecta a todos. A unos los
quiere destruir por su rebeldía, a otros los destruye empleando
métodos más sutiles, los adormece, los anestesia y domestica como
ganado. Ser observador pasivo de esta tremenda historia y callar es
una tensión que va minando la salud y transformándonos en seres
dóciles que lo aceptan todo; en seres vegetalizados, de vida
apagada, en muertos vivientes cada vez menos diferenciados y de
pensamiento más único, en sumisos esclavos, tan necesarios para
quienes buscan ejercer el control del pensamiento. Es la otra cara
del problema que no se ve. Una humanidad aborregada que agoniza
lentamente creyéndose libre y demócrata. ¿No es inquietante lo que
está ocurriendo? ¿No es inquietante que se grite tanto contra la
violencia «terrorista» -que, sea o no terrorista, la hay-, y
se ignore la gran violencia terrorista del Estado, mucho más grave,
pagada, encima, por nosotros? ¿No es un signo de degradación esa
falta de capacidad crítica? Se empieza tolerando la tortura en casa
y se acaba aceptando el genocidio de un pueblo. ¿No os da miedo?
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